dimecres, 15 de desembre de 2010

El parque

Hay soldados de guardia sentados en un banco junto al portal. Entro, las hojas secas caídas a tierra revolotean arremolinándose y se me acercan a rastras. Es algo extremadamente divertido y a la vez da que pensar; lo vivo da siempre mucho más que pensar que lo muerto y triste. El aire del parque me saluda; los miles y miles de hojas verdes de los altísimos árboles son labios que me dicen: "Buenos días. ¿Ya levantado?". Así es, yo mismo me asombro. Un parque semejante es como una habitación espaciosa, tranquila, apartada. Por lo demás, en un parque siempre es realmente domingo, pues la atmósfera es siempre un poquitín melancólica, y lo melancólico evoca vivamente el hogar; en realidad, domingos sólo hemos tenido en casa, donde fuimos niños. Los domingos tienen algo indefiniblemente paterno-infantil. Avanzo bajo los árboles altos y hermosos; ¡qué rumor tan suave y amigable! Sentada en un banco, sola, una joven hunde la punta de su parasol en el suelo, mantiene agachada la bella cabeza y está ensimismada. ¿Qué estará pensando? ¿Querrá conocer a alguien? Se abre una larga alameda verde claro, gente aislada me sale al encuentro, mientras que los bancos se ven escasamente poblados. ¡Cómo puede brillar el sol, y por nada! Besa los árboles y el agua de la laguna artificial; yo observo una antigua barandilla y me río porque me gusta. Hoy en día está de moda pararse ante las viejas barandillas de hierro y admirar su sólida y graciosa ornamentación, lo cual es un poco tonto. Prosigo. (...)
Hay una anciana y un anciano sentados; paso a su lado, tambíen junto a una joven que está leyendo; no es muy correcto iniciar una aventura galante con las palabras: ¿Qué lee usted, señorita? Camino bastante rápido y de pronto me detengo: ¡qué bello y silencioso es un parque así, lo transporta a uno al paisaje más remoto, a Inglaterra o a Silesia, uno es latifundista y no es absolutamente nada! Pero es sobre todo bello cuando aparentemente no se siente la belleza y es sólo algo como todo el resto. Contemplo un momento el río tarnquilo, casi verde. Por lo demás, todo es tan verde, y tan gris, realmente un color como para dormirse, para cerrar los ojos. A lo lejos, cercado por hojas, se ve el vestido azulino de una señora sentada. Aquí tampoco puede uno fumar cigarrillos; una joven suelta una carcajada, va entre dos muchachos, uno de los cuales la tiene abrazada. Nuevamente se ve una alameda, ¡qué bella, qué tranquila, qué extranya! Una anciana me sale al encuentro, un rostro fino y pálido, enmarcado en negro, con un par de ojos viejos, inteligentes. Sinceramente, encuentro fabuloso que una anciana camine sola por una alameda verde. Llego a un bancal lleno de flores y plantas, donde hay un judío sentado en un precioso banco, a la sombra. ¿Habría sido mejor de haber sido un germano? Entre las flores se alza una pequeña estatua, es un bancal redondo en torno al cual empiezo a girar lentamente; vuelve a acercarse la joven que ahora lee caminando, estudia francés a media voz. Ese prodigioso tedio que hay en todo, ese retraimiento soleado, esa medianía y somnolencia entre el verdor, esa melancolía, estas piernas, ¿de quien son? ¿Mías? Sí. Soy demasiado perezoso para hacer observaciones, miro mis piernas y sigo andando. Lo repito, los domingos sólo existen en las mesas y paseos familiares. El hombre adulto y solitario se ve privado de estos placeres (...). En general ¡qué gran pérdida es haber cumplido veinticinco años! Hay otras compensaciones, pero de momento prefiero no saber nada de ellas. Ahora mismo estoy en la calle, fumando, y entro en una taberna burguesa y al instante me adueño del entorno. "Qué hermoso parque! Qué hermoso parque!", pienso entonces.


Robert Walser, "Historias". Ed. Siruela

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